Antonio Balsalobre y sus articulillos sueltos

“Esperanza y consuelo”

Al no ser consideradas como servicio esencial, las librerías han tenido que volver a echar la persiana en este segundo confinamiento que está viviendo Francia. Cierran las librerías, esos pequeños templos sagrados de la cultura que todavía resisten en nuestros pueblos y ciudades, y entretanto las multinacionales de la venta on line se frotan las manos. Como en tantos otros sectores culturales, la heroicidad, el amor al arte o el voluntarismo tienen un límite. Porque para los libreros el castigo es doble: la lacra de la pandemia y la competencia inmisericorde y desproporcionada de estas multinacionales. Como no podía ser de otro modo, numerosas voces se han alzado contra este atropello. Entre ellas, la de Busnel, un crítico literario que defiende que las boutiques de l’esprit son el mejor lugar donde uno puede encontrar esperanza y consuelo. Dos estados de ánimo especialmente importantes en estos tiempos sombríos.

Deriva fascistoide

Parece que cuando más unidos deberíamos estar para combatir la pandemia y superar la brutal crisis económica que provoca, es cuando más beligerancia se palpa en el ambiente. Que cuando más peligro acecha con el calentamiento global y la propagación de las injusticias sociales, es cuando más aflora la insolidaridad y el encanallamiento. ¿No será que en lugar de generar unión y cooperación lo que traen las crisis es más enfrentamiento y hostilidad? Ojalá no sea así, pero en este contexto sanitario preocupante, lo que se avecina tiene francamente mala pinta. No hay más que ver la deriva fascistoide que ha emprendido el partido republicano en Estados Unidos, con Trump a la cabeza, hasta llegar al paroxismo surrealista-demencial de estas últimas elecciones. Arrastrando por los suelos hasta el mismísimo sistema democrático que dicen defender. Ojalá la victoria de Biden sirva para enderezar algo el rumbo.

Supremacismo

Existe un supremacismo lingüístico que en algunos aspectos poco tiene que envidiarle al supremacismo racial. Un supremacismo casi tan generalizado como lenguas hay en el mundo. En España, sus valedores andan estos días algo soliviantados. Es verdad que el castellano fue lengua de un imperio en el que no se ponía el sol, y eso marca carácter. Pero convendría no olvidar que sigue ocupando la tercera plaza en importancia en el mundo, que es hablado por más de 600 millones de personas, que es lengua oficial en más de veinte países y que es el segundo idioma más enseñado en el planeta. Si eso es estar en peligro, si hay motivos para estar preocupados por su salud expansiva, que baje Cervantes y lo vea. Sin embargo, y pese a todo, yo que también peco, y no pocas veces, de supremacista lingüístico, me indigno con algunas leyes que parece que pueden amenazar esa hegemonía. ¿Qué le vamos a hacer? Así de chovinista soy.

La edad tardía

Leo que el sociólogo Edgar Morin, de 99 años, habló hace poco en el Théatre Antique de Arles sobre humanismo y ecología, ante 350 personas, durante tres cuartos de hora, sin consultar una sola nota. Joe Biden, por su parte, acaba de ser elegido flamante presidente de los Estados Unidos a punto de cumplir 78 años. Y no está de más recordar que Cervantes publicó la segunda parte de su Quijote pasados los sesenta y cinco años, una edad más que considerable para la época. También es verdad que no es oro todo lo que reluce. Que el paso del tiempo no siempre se muestra tan benévolo con todos. Y menos en estos días de pandemia. Aun así, y pese a todo, es un estímulo ver cómo cada vez son más los que celebran la fiesta de los muchos años, lúcidos y creativos. Un regalo de los dioses en una edad que, aunque tardía, no debería ser sino de júbilo y jubilación.

 

 

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