Antonio Balsalobre y sus articulillos independientes

Un monte, un río

El paseo de la mañana por el primer camino de la Atalaya es tonificante. El del atardecer por el Paseo Ribereño, sosegado. Entre los dos, queda una jornada de trabajo, cada cual en lo suyo. Y si puede ser, en medio de esa jornada, a eso del mediodía, por qué no un baño en el río. En la Presa, por ejemplo. Lo bueno que tiene el Segura a su paso por Cieza es que es un río que nos lleva. Desde La Brujilla hasta el Diente Migalo sus aguas correosas, frescas y estimulantes, te empujan, entre cañas y álamos, en un viaje irrepetible. Solo hay que dejarse llevar, guiando con suavidad esa nave en que hemos convertido nuestro cuerpo. Lo dice Jorge Drexler en una de su canciones: “En mi patria hay un monte, en mi patria hay un río”, y yo procuro, mientras camino por las laderas de ese monte o me baño en las aguas de ese río, celebrarlo.

Sentimientos

Unos días antes de fallecer en el exilio, en Collioure, le entregó Antonio Machado una cajita de madera a la dueña de Casa Quintana, donde se hospedaba, y le dijo: “Es tierra de España. Si muero en este pueblo que me entierren con ella.” Recuerdo la anécdota estos días en que se conmemora el aniversario del nacimiento de Antonio Machado. ¿Cuántos siglos durará todavía el sentimiento de la patria? se preguntaba el poeta décadas antes. ¡Qué variedad de grados y de matices despierta! Algunos sentimientos, añade, perduran a través de los tiempos; pero no por ello han de ser eternos.  Hay quien llora, de hecho, al paso de una bandera; quien se descubre con respeto; quien la mira pasar indiferente; quien siente hacia ella antipatía, aversión. “Nada tan voluble como el sentimiento”, concluye. Nada tan personal e íntimo, es verdad, como lo que cada cual siente ante lo que comúnmente llamamos “patria”.

Pero se mueve

Le costó tiempo a la humanidad entender que la tierra que permanecía estable, firme e inmóvil, era la que se movía alrededor del sol, que no se estaba quieto ni un momento, saliendo cada mañana y poniéndose cada tarde. “Eppur si muove”, dijo Galileo tras retractarse para no cumplir condena por una evidencia que caería por su propio peso. Han pasado los años y el mundo sigue moviéndose también a nuestro alrededor, mientras nosotros permanecemos en muchos casos petrificados en viejos dogmas, anclados en principios innegables y estupefactos ante esos cambios. Pienso en todo esto, frente al mar, estos días de asueto pero también de reflexión, al tiempo que procuro bajarme de las alturas rindiéndome a la delicia de las pequeñas cosas: saber, por ejemplo, que me espera una caña en la esquina del mediodía, un libro en la quietud de la tarde o un beso tras la sacudida de una ola. Felices vacaciones.

 

 

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