Antes, por Maura Morés

Antes

De esperar: mi primera columna enteramente profesional en veintinueve años está siendo redactada bajo el gratinado de un taladro, cortesía de algún vecino descontento con lo que ofrece la vivienda de por sí. Antes, seguramente se habría visto en apuros perturbando la siesta de junio de comerciantes y asalariados tras la primera mitad de su jornada. Antes. Siempre resuena en mi cabeza, quizá porque me gustaba que no llamaran al fijo de las casas tras comer o la caída del sol. Y, cuando te esfumabas lo que el sistema económico consideraba prudente para recalar en playas a medio limpiar y en las aldeas de tus ancestros, donde tus hijos aprenderían a guardarse del macho de la oveja contrariado, ningún correo o whatsapp te amargaba el Trina de las seis; no existían.

Antes había otros problemas. Los dolores eran más molestos y creativos a la hora de desgarrar, y los fármacos a su lado parecían crías de jerbo en Parque Jurásico. Escaseaban los sabores de croqueta y compartías la ropa con cuatro hermanos y algún primo sin vergüenza de reclamarla. Los coches ardían camino del Levante o de Alcadozo, diademados de maletas que podrían haber hendido el techo. Pero las cintas de Julio Iglesias o Gloria Estefan compensaban la jaqueca que regalaba el zumbido de un viento majadero que entraba por las ventanas semibajadas y sustituía a la climatización, la verdadera droga de las clases medias. Aunque ese horrible vibrar se dejaba atrás con un Two Two One, el mejor y menos saludable caramelo de mi España, la de las burlas de Barthez y los helados Avidesa.

No era consciente de que el mercurio cortejaba los cuarenta y tantos porque era un mico, deduzco. Ni siquiera sabía que estaba sudando el uniforme al acercarse San Juan. Demasiado ocupada pensando camino de la calle Arquitecto Fernández, después Juan de Toledo, si algún día dejarían jugar a chicas en el Real Madrid machote. Tal vez alguien como Totti se fijara así en mí y nos casáramos en un castillo en el litoral. El vestido, seguramente, sería parecido al de mi abuela pero argénteo, porque me parecía digno de ser lucido hasta el papel de aluminio. A mi madre no le gustó el gotelé de la casa nueva y se apenó: yo sólo pensaba que era gigantesca como un salón de armas secreto de nazis pseudomedievales, que era el palacio de Anastasia y sus también desafortunadas hermanas. ¡Cuatro habitaciones!

Ese año, el del Tigre para los chinos, llegué al Mediterráneo sin deberes -consecuencia de no haber bajado del Conseguido Satisfactoriamente en ninguna materia-. El Bayern había perdido la Champions; no sirvió de nada el gol de Mario Basler, y nadie quería respetar mi luto, ni siquiera yo. John John Kennedy perdió la vida volando tal y como lo soñaron. Había jaleo en Chechenia y en los Balcanes, pero era mi padre quien leía detenidamente el periódico. Cuando volví a Albacete empezaba cuarto de Primaria y por lo tanto tomaría la Comunión con un vestido con cancán. Así no hay quien se preocupe por el clima o la maldad de los serbios.

Antes, antes. Imagino un mundo sin epidurales para todas y sin cocina tailandesa a domicilio, y no es tan feo; teníamos la pizza adocenada de salmón y gambas de Il Forno. Lo que más me gustaba era ponerme tan morena como Caroline de Los vigilantes de la playa, y un polo que estaba cubierto de anises arco iris. Aunque el mejor helado era el Fresky de Alacant: un trozo de Ártico inseminado de fresa con dermis de nata. Ya no existe, juraría, porque hace tres años una chica de bar me expulsó de Nunca Jamás asegurando que no vivía en sus cámaras frigoríficas. Esta época es un páramo: William Baldwin tiene cincuenta y siete años y se han extinguido el Fresky, el Kinder Pingüi y el Kriko que antes refería. Lo peor es que Russell Crowe parece el Barril de Heidelberg.

Ahora podemos protegernos mejor de la canícula… ¡pero te enteras! No puedes esperar tranquilamente tumbado a que Hipnos te sosiegue el cerebro, porque no dormir significa sufrir con el graznido del despertador. Me declaro incapaz de encontrar el somnífero natural infalible; no sirven ni las películas de Terrence Malick, porque desgraciadamente me gustan. Si cuento ovejas, en diez segundos pienso en chuletas, y ello me retrotrae al restaurante de Los Pinares del Júcar donde alguna compañera de clase celebró su cumpleaños para después asustarnos con espiritismo entre los cantuesos. Después decido que prefiero su nombre en francés: côtelette. Como ahora se va al club de golf Las Pinaíllas, lo memorizaré si quiero que me acuchille con la mirada algún camarero de Motilleja monolingüe.

Pues sí, es inevitable que me guste lo de antes. Mis abuelos vivían, mis padres eran jóvenes y jugaban a la pelota con más entrega que yo, que prefería asesinar margaritas a base de Me quiere, no me quiere pensando en Dejan Savicevic… Algún día tendré que hablar de lo mío con los futbolistas, y tan precoz, pero es el ahora, tengo un artículo que redactar a la sombra de un taladro, una casa que limpiar y un pueblo al que convertir en el hogar con un gotelé que me era indiferente.

 

 

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