27 minutos que sí son memoria de España, por José Antonio Vergara Parra

27 minutos que sí son memoria de España

6 de enero de 1979. Los novios Antonio Ramírez Gallardo, de 24 años, y Hortensia González Ruiz, de 20, regresaban de celebrar la noche de Reyes en una discoteca de Beasáin. Antonio conducía su Renault 5 y Hortensia iba sentada a su lado. Detuvo su coche al final de la empinada calle Lorategui, respetando una señal de stop en la intersección de la citada vía con la calle Mayor.

Dos terroristas de ETA aprovecharon el momento, que debieron prever con anterioridad, descargando sendas ráfagas con sus metralletas, con la suficiente ferocidad como para asegurar el desenlace por ellos perseguido. Antonio recibió ocho balazos muriendo prácticamente en el acto. Su cuerpo, inerte y ensangrentado, se desplomó hacia adelante presionando el claxon de su coche. Hortensia recibió diez disparos falleciendo al poco de llegar al hospital.

27 minutos estuvo sonando el claxon sin que nadie, absolutamente nadie acudiera para socorrer a las víctimas. 27 larguísimos minutos en los que el silbido del claxon sólo encontró su propio eco por respuesta. Por bien que eligiese las palabras, resultaría imposible describir la angustia que hubo de experimentar Hortensia. Mientras su vida se le escapaba de entre sus dedos, aquel ininterrumpido sonido se apagaba frente a dolorosísimos silencios. El de Antonio, ya fallecido, y el del pueblo de Beasáin.  Hortensia murió desangrada pero también de desamparo. De una tristeza abisal ante una vida que huía y una humanidad que no llegaba.

Antonio era un guardia civil destinado en el cuartel de la localidad. Ése fue su pecado. Hortensia estaba en el lugar y hora equivocados. Tenían previsto casarse para el verano pero unos canallas decidieron que las vidas de un gaditano y de una sanroqueña habían llegado a su fin. Dos muescas más para las pistolas.

No juzgaré al pueblo de Beasáin pues quiero pensar que fue el miedo y no otra cosa lo que enervó sus entrañas. Pero tampoco puedo pasar por alto una obviedad. Una parte demasiado significativa del pueblo vasco está enferma. EH-Bildu, el albacea de la inmundicia etarra, obtuvo en las pasadas elecciones autonómicas el 32,48% de los votos, erigiéndose en la segunda fuerza política de la comunidad, ligeramente superada por el PNV con el 35,22% de los votos. El apoyo obtenido por EH-Bildu es tan jurídicamente impecable como éticamente despreciable. Doy por descontado que algunos de los que aquel día ignoraron la señal de auxilio, hoy votan a los testaferros de los dos miserables que descerrajaron su odio sobre los novios de Cádiz. Imagino que para los beasainenses de buena voluntad, aquel claxon les habrá mortificado lo suyo pues no hay mayor penitencia que la de propia consciencia.

No sé qué le ocurre a ese pueblo. Supongo que en algún momento de un pasado no muy lejano se dejó embaucar por un paleto sideral que se las apañó para despertar en las gentes sus más bajos instintos. Majadero el charlatán, majadero el gentío que hizo suya aquella despreciable arenga.  Cuando el odio por el otro es más fuerte que el amor por lo propio, éste se achica y aquél se ensancha. Luctuoso el día en el que el orgullo por pertenencia a un pueblo, o a unas raíces, se arrodilló ante el racismo y la ignorancia.  

ETA mató cuanto pudo. Por nada. Porque sí.  Sembró el país de sangre inocente, de dolor, de ira, de impotencia, de llantos, de miedo. Ochocientas cincuenta y tres almas se reunieron con el Creador a destiempo. Trescientos setenta y siete crímenes, incluidos el de Antonio y Hortensia, no están resueltos a día de hoy. Con buen criterio quiso el legislador penal que el delito de terrorismo, con resultado de muerte, no prescribiese jamás. Pero otro legislador muy concreto se encargó de que prescribiesen las memorias de los mártires. El artículo uno, apartados 1 y 2 de la Ley 20/2022, de 19 de octubre, de Memoria Democrática, dice así:

  1. La presente ley tiene por objeto la recuperación, salvaguarda y difusión de la memoria democrática, entendida ésta como conocimiento de la reivindicación y defensa de los valores democráticos y los derechos y libertades fundamentales a lo largo de la historia contemporánea de España, con el fin de fomentar la cohesión y solidaridad entre las diversas generaciones en torno a los principios, valores y libertades constitucionales.
  2. Asimismo, es objeto de la ley el reconocimiento de quienes padecieron persecución o violencia, por razones políticas, ideológicas, de pensamiento u opinión, de conciencia o creencia religiosa, de orientación e identidad sexual, durante el período comprendido entre el golpe de Estado de 18 de julio de 1936, la Guerra de España y la Dictadura franquista hasta la entrada en vigor de la Constitución Española de 1978, así como promover su reparación moral y la recuperación de su memoria personal, familiar y colectiva, adoptar medidas complementarias destinadas a suprimir elementos de división entre la ciudadanía y promover lazos de unión en torno a los valores, principios y derechos constitucionales.

Los estertores agónicos de Hortensia debieron parecerle una eternidad. Veintisiete infinitos minutos que, por haber transcurrido tras el 29 de diciembre de 1978 (fecha de entrada en vigor de la Ley de Leyes) quedaron fuera de una memoria que, en realidad, sólo es una sesgada “reivindicación y defensa de los valores democráticos y los derechos y libertades fundamentales a lo largo de la historia contemporánea de España”.

Para la Ley de Memoria Histórica, el desprecio a los valores democráticos, así como el escarnecimiento de los derechos y libertades fundamentales de cientos de españoles, a manos de ETA, Grapo o Terra LLiure (acaecidos tras la entrada en vigor de la Constitución) pertenecen a una historia anecdótica y extemporánea de España.

Celebré el armisticio definitivo de ETA pues todo abandono de las armas para reencontrarse con la política siempre es una buena noticia. No podemos resucitar a las víctimas del terrorismo como tampoco a los mártires de todo color y condición de la Historia pretérita y coetánea de España. Pero hay cosas que sí debemos hacer. Podemos evitar la tentación de usar el conocimiento parcial, y por tanto falaz, de hechos pasados en provecho de principios ideológicos. La Historia, como toda herramienta cognitiva, debería servir para marcar el camino sereno de un pueblo, y no para reabrir heridas que creíamos cicatrizadas y que, a la vista de las evidencias, interesan únicamente a quienes carecen de propuestas útiles para las vidas y esperanzas de su pueblo. Y, por descontado, no podemos tolerar la mendaz reescritura de la Historia para ensalzar a los canallas y ningunear a las víctimas.

No pretendo cambiar el mundo; una tarea demasiado fatigosa para fuerzas en retirada. Tampoco ando interesado en convencer a nadie; no lo necesito pero he de advertirles que en mi memoria mando yo y que esos dramáticos 27 MINUTOS,  COMO TODOS LAS POSTRIMERÍAS DE LAS VÍCTIMAS DEL TERRORISMO, SE ADUEÑARON DE MI PLUMA Y MIS RECUERDOS. NUNCA TRAICIONARÉ SUS MEMORIAS QUE, POR DESCONTADO, FORMAN PARTE DE LA ESPAÑA EN LA QUE YO CREO.