25 años sin Aurelio Guirao

REPORTAJE

El poeta ciezano se redescubre través de su legado

Miriam Salinas Guirao

“Este muelle es la proa de un seguro navío. Navego sin cansancio dentro de una belleza más larga que mi vida en la memoria dúctil de mi sangre” (Del verbo vivir, 1983), sangre herida, sangre vivida. El poeta ciezano Aurelio Guirao Moreno vino al mundo, como recuerda Daniel J. Rodríguez  en su blog, el 7 de marzo de 1940 y falleció el 23 de febrero 1996.  “Fue un profesor, dibujante y escritor murciano. Licenciado en Filología Románica, vivió en París y en Madrid, además de en el municipio de Cieza, donde impartió clases en el IES Diego Tortosa. Inquieto creador, formó parte de grupos de teatro, publicó varios libros de poemas y creó, junto con otros escritores, el grupo de Literatura La Sierpe y el Laúd. Es un autor existencialista, marcado por una biografía en la que destacan, tristemente, la enfermedad y la muerte”.

En Línea en 1968 el 17 de octubre se destaca que fue premio extraordinario de licenciatura (Sección de Filología Románica); 7 años después (el 2 de febrero de 1975 en  Línea) hacía de jurado en el premio del departamento de Actividades Culturales de la Delegación de la Juventud de Cieza, “el primer premio de poesía para la juventud ‘Cieza’”. Ejercía su labor junto a Pilar López García y José Luis Torres Alfaro. Entonces, Aurelio era profesor de Letras del IEM de Cieza.

“Mira a mi hijo Dios contempla tu fracaso adónde has de llevarte este guiñapo ciego que no ha tenido tiempo de adorarte” (Entre los brazos ausentes, 1975). El 21 de abril de 1975 La Hoja del Lunes traía la necrológica de un quiebro: fallecía a los cinco meses Aurelio Guirao Pérez, el bebé de Aurelio Guirao Moreno y Rosario Pérez Cuenca. El pequeño fue velado en la casa de la calle Angostos.

Bartolomé Marcos en ‘AURELIO, 21 años, desde la distancia que nunca será el olvido…’, recordaba a la “irreductible persona e inclasificable personaje, siempre fiel a sí mismo, en sus aficiones y afanes, en sus dolorosas y tantas veces neuróticas aflicciones, en sus manías, en permanente conflicto interior consigo mismo, en sus pasiones, en sus genialidades, siempre tan propias, originales y genuinas, en su modo de hacer, de estar y, sobre todo, de decir, inimitable siempre porque Aurelio (Guirao) no hubo más que uno, aunque otros puedan seguir llevando ese nombre”. Bartolomé y Aurelio fueron compañeros, profesores ambos, Aurelio de francés y Bartolomé de Lengua castellana y Literatura, en el IES Diego Tortosa’ de Cieza.

El 14 de febrero de 1976, Línea recogía la lectura de cuentos en el Círculo Medina de la Sección Femenina de María Pilar López y Aurelio Guirao. Ella con ‘Grabriel y su Paraiso’ y él con ‘La Piltrafa’: “Estos autores, bien conocidos ya por los asiduos asistentes a los actos culturales que se celebran en este Círculo, se han presentado de nuevo y cada autor ha elegido una obra, muestra suficiente de su quehacer dentro de este género literario para que el público pueda apreciar las características de uno y otro. Aurelio nos habla de un ser que fue humano que desde su ambigua situación vital actual, nos ofrece la ineluctable y horrorosa angustia de la más absoluta incomunicación”, anunciaba el diario. No fue ajeno a su ciudad, un mes después, el 15 de abril pronunciaba unas palabras en la inauguración del monumento a Antonio Pérez Gómez.

En 1980 se creaba en Cieza el Grupo de Literatura La Sierpe y el Laúd (Asociación sin ánimo de lucro n.º 2720 de Murcia): “Nuestro objetivo primero era editar una revista literaria que, tras los pasos de El Caimán (revista literaria editada entre 1976 y 1978 en Cieza, sin medios y semiclandestina en la que algunos de nosotros no sólo colaboramos sino que participamos desde su consejo redactor), sirviera para continuar aquel movimiento literario inicial y dar a conocer voces que estaban clamando por abrirse paso en un panorama literario que empezaba a salir del invierno en el que la dictadura había convertido a éste en un páramo en la localidad (con la excepción de la anterior nombrada revista de El Caimán)”, explica Ángel Almela (‘Revista Literaria LA SIERPE Y EL LAÚD (1981-2000)’). El primer número abordaba a Aurelio Guirao: “Aurelio se entregó al proyecto de tal forma que pasó, de ser el autor del Nº 0, a ser miembro activo de nuestro Grupo de Literatura, lo que ocurrió ya hasta el final de su vida en 1996”. La revista literaria recorrió diferentes puntos de la geografía nacional, uno de esos lugares fue el memorable Club de Prensa, ahora sede del Colegio Oficial de Periodistas de la Región de Murcia.

“Lo llamamos a una reunión en el 2º piso del local que nos había dejado el Ayuntamiento, encima de la antigua centralita de teléfonos frente a la Horchatería Valenciana, y allí pudimos todos comprobar que Aurelio era, además de un gran poeta, una persona cercana, culturalmente muy competente, gran humanista y sobre todo, amable. A partir de ahí, Aurelio y yo fuimos ahondando en nuestra amistad y creo que supimos, ambos, que el grupo de literatura debería tener un sello propio donde el amor a la literatura, la humildad y la creencia en una cultura abierta, libre de ataduras y corsés, serían junto con la amistad entre sus miembros, las señas de identidad de La Sierpe y el Laúd”, escribe Ángel Almela en la efeméride de aquel 23 de febrero, recuerdo del fin de la vida terrenal del poeta.

Aurelio dejó recuerdo también con sus creaciones artísticas, ilustró la revista ‘Baco’, realizada por alumnos y profesores del Instituto Nacional de Bachillerato (7 de abril de 1981 Línea). En sus obras dejaba un trocito, mezcla de piel, lágrimas y exaltación de vida: “Yo, que te hubiera dado quizás hasta mi alma, avaro de mis dones, cierro ahora la mano. Mis dedos en la palma aprietan los regalos: Dispongo de mí mismo, salido finalmente de otra carne,  dispongo de mis días en mansa luz colgados,  puedo palparme, a solas,  hasta alcanzarme dentro. Cierro los dedos. Cuento mis tesoros, Y herido, por ti herido, en este puño me vivo más que nunca jamás me hube vivido.  Lo aprieto fuertemente hasta sentir dolor. Y nunca estuve tan desnudo, pobre, solo” (Ceguedad de la carne, 1982). Rosa Campos Gómez lo tiene claro a la hora de homenajear a Aurelio: “Mejor escuchamos a través de la lectura lo que él nos dice”, en sus poemas, “el dolor y el placer de la carne se enhebran, ya sutil ya estruendosamente, con el placer y el dolor del alma, para ofrecernos un  ardiente y sincero tejido poético de vida”.

En 1896 lo entrevistaron en Hoja del Lunes por la VI Muestra de Teatro, Aurelio alababa especialmente los ‘Sonetos del Amor Oscuro’, ‘Bodas de Sangre’ y el esperpento de Valle Inclán, ‘Los cuernos de don Friolera’.

“Hacia 1990, con apenas 50 años- hastiado y aburrido por el sesgo, insoportable para él, que empezaba a tomar la mala educación de un alumnado que demasiado frecuentemente confundía la democracia con la vulgaridad, la zafiedad, el desorden, el grito o el gregarismo arrebañado” (Bartolomé Marcos en ‘AURELIO, 21 años, desde la distancia que nunca será el olvido…’) se fue del instituto con la idea de volver, “pero ya no lo dejó la vida, o, por mejor decir, no lo dejó la muerte, que, también aquí, madrugó bastante la muy puta, cosa que él no hacía jamás (lo de madrugar)”. Pascual Gómez Yuste escribía sobre los últimos alientos de Aurelio: “Enfermó discretamente, con reserva, pero vivió y murió con desmesura. Con la muerte rondándolo como una mosca, unos meses antes de su partida escribió lo siguiente: “No haced mucho caso/ a quien ha gozado en la desdicha”. Aurelio se movía con gran agilidad mental lo mismo en la luz que en las tinieblas, sin por ello dejar de sentir pasión por la vida, que encuentra en todo su esplendor amargo en la poesía de su admirados autores. Quería vivir por siempre, por los siglos de los siglos”.

El legado de Aurelio Guirao, sangre herida, sangre vivida, se eleva sobre su figura: de su poesía, respiro de existencialismo, a la memoria de sus amigos. Un poeta brillante cosido a la historia de Cieza.

 

 

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